Donde el sol nace y la vida se quema...


Mientras las suaves sábanas acariciaban sus helados pies, soñaba con bombas de tiempo, con héroes escondidos, con humos rebosantes de honor y gloria. Sentía el llamado para morir por eso, sin doblegarse con el paso de los años, sin dejar nunca de oír el ruido de aquellos motores dirigiéndose al blanco, dejando una estela de luz en la trayectoria del tiempo, en el curso de la historia que se escribía con sangre todos los días.

Los sueños hicieron que se olvidara de la realidad, cuando un buen día se miró en el espejo no reconoció al hombre que se reflejaba. Pensó en dónde había huído ese niño que con heróes soñaba, que con aviones corría por la senda de la vida mientras el motor siguiera con batería. Mientras pensaba, vio a su mujer detrás suyo, ésta lo ayudaba a vestir su orgulloso uniforme.


En la rosa habitación contigua, su pequeña hija tomaba el desayuno en compañía de sus dos nuevas muñecas. Hablaba con ellas mientras servía unas galletitas de arroz en una fuente muy bonita que sus padres le habían obsequiado en su sexto cumpleaños. Al mirarla él se percataba de lo mucho que de sí mismo había pérdido, soñando, deseando, añorando aquel momento.

Siempre pensó que habían cosas que proteger, si fuera necesario, con su vida. No tenía miedo a ofrendarla por una causa que consideraba más elevada que el ser mismo. Ese día sabría si sería necesario hacerlo, sí , por fin, volaría a un destino en donde el sol le abriera los brazos, escaldando su ser, quemando su vida para transformarla en estrella fulgurante y liberadora.

LLegó al cuartel, un sin fín de emociones circulaban por su cabeza, cegando sus ojos, enmudeciendo sus labios. El tenía entendido que su familia estaba al tanto de sus deseos y que su orgullo también recaía en que lograra su sueño. Escuchó con atención las palabras de su superior y sintió como una rayo caía sobre su alma en el momento en el que le dijeron que, por ser él sostén de una familia, no sería ético realizar tal hazaña.

Se paró y caminó a casa, sentía que un pedazo de su alma se resbalaba por las condecoraciones que durante su vida había ganado, perdiéndose en el centro de la estrella plateada ganada por el valor y coraje que corría en sus venas. Lloró, claro, antes de llegar a casa, no quería que su adorada esposa e hija lo vieran así, casi como quebrantando la dureza que siempre lo había caracterizado, esa misma rigidez que se transformaba en pasión cuando se subía a ese avión y se imaginaba volando hacía el sol naciente.

Abrió la puerta; mas no encontró a nadie. Pensó que su esposa e hija habían salido a realizar las compras, pero algo le decía que no era así. Se dirigió a la mesa, allí divisó una hoja escrita con fina caligrafía: "Lo hicimos por tí. Por favor comprende, tú sueño es el nuestro. Nos vemos cuando vueles hacia el sol".

Lloró con desesperación, las vio flotar en aquel río cercano a casa. Con sus más bellas fachas, engalanaban el frío manantial, convirtiéndolo en un sakura brillante y joven, lleno de vida y sueños. Al día siguiente se preparó, bebió sake por última vez, no dejó cartas, pues no había nadie que las leyera y se fue volando directamente al sol; a su casa definitiva.


Gisse.

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