FLOR DE INVIERNO.


Lo miró mientras le preguntaba por qué debía partir. Los verdes tréboles sobresalían en la seda, concediéndole suerte al negro de su kimono, vida a su cabello sin brillo. Arreglaba su katana, mientras su armadura se enfriaba con la nieve que engalanaba la montaña y las cercanas pagodas, congelando los lotos que alguna vez habían flotado vivos en la superficie del estanque.

La sangre se volvía insensible en sus dedos, al igual que sucedía con el pesado sable que él empuñaba en busca de honor. La hoja de acero había recibido ya tantas transfusiones que si de vidas se nutriera, ya sería más inmortal que el mismo Dios.

La miró y le dijo que no preocupara, que volvería pronto a casa. Cuando la primavera hiciera florecer los Sakura y un ave le regalara un pluma, la que, al igual que la vida transmitida por los tréboles en su kimono, sería verde. Creía que los pájaros eran nobles y sabrían premiarlo con sólo un pluma para ella.

Los zapatos los encontraría en la aldea más próxima, nunca se imaginó que un par de zapatos pudieran anunciar tan felices noticias. Él sería los zapatos, ella los cordones y el otro los pasos que conducirían a una vida más plena, a un lugar en donde el único honor que importa es el que tengas para con tu familia.

Sacó el peine de jade de su negra cabellera, el pelo cayó sobre su cintura tan liviano como la seda más fina, avisandole al viento que lo meciera para que su mano no tuviera que hacerlo en la despedida. Él tomó su caballo y partió hacía donde el honor brillaba en el horizonte, donde los tréboles se perdían entre la nieve, para renacer en el kimono que se mecía en el viento invernal y que florecería en primavera, al igual que los sakura, al igual que cuando emprendiera el camino de vuelta.

Gisse.

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