Fotos guardadas.




Ah!, qué lindo es escuchar; un don que en estos días va en picada; regalo maravilloso que perdió importancia cuando de percepción se trata.

Hoy caminaba con varios ojos en el cuerpo, creo que eso se llama "conciencia urbana", y me detuve en muchos lugares, detalles y cosas que, a pesar de ver todos los días, jamás había mirado con detenimiento.  Una publicidad saltó a mi vista sin que pudiera hacerle el quite, de hecho, me dieron ganas de escribir en ese momento, pero como no tenía papel y lápiz ordené ideas y rogué que se mantuvieran en ese lugar hasta que llegara a casa. Algo quedó y lo combiné con un triste suceso que ocurrió hoy; uno que me dejó con bastante pena y cuestionando cosas.

Creo en la importancia de oír y por eso el siguiente mensaje (que decía algo parecido esto) hizo mella en mí: "Escuchar es el primer paso para salvar vidas". En seguida se me vino a la cabeza el suicidio de Chester Bennington de Linkin Park y me pregunté si la gente que estuvo a su alrededor puso suficiente atención a su tristeza, si prestó el oído necesario a su padecimiento e internalizó realmente lo que le ocurría. ¿Habría hecho eso la diferencia?, sobre todo en tiempos en los que escuchar se reduce a asentir idiotizadamente mientras miramos las pantallas de nuestros celulares y alguien musicaliza, en base a la emoción hablada, esa escena de comunicación unilateral y forzada.

Imagino que ese mensaje inserto en un paradero, que cambiaba de colores con el fin de gritar a los sordos, nos hace jugar a dioses, pues, de cierta manera, sublima y diviniza la naturaleza que se nos ha concedido. Dios no salva; lo hacemos nosotros todos los días y casi de manera imperceptible. Nuestro oído y la acción que tras de él se describe, esa que es consciente de su importancia, nos puede definir como entes que no solo hablan, sino que bailan una melodía dictada por el alma.

Son demasiados saltos al vacío los que vemos todos los días; muchas notas de suicidio en vivo y en directo; clamores para saber si hay alguien que no esté usando sus audífonos. Ah! cuán solos estamos, cada uno aferrándose a su metro cuadrado como si en eso se fuera la vida y, también, lo que nos define como seres que forman estructuras en un tejido social en el que lo residual se ha mal entendido.  De verdad, pienso que es afortunado el que sabe oír con el alma abierta, sin prejuicios, huyendo del ego que se manifiesta en cada palabra que se profiere, con los ojos bordados de esa nobleza que hace ya tanto perdimos.

En días en los que el grueso de la población  trata de erigir posturas en base a opiniones para nada reflexivas, me pregunto dónde se fue la empatía y la respuesta no tarda en llegar, se cae de maduro: para que la acción de escuchar se transforme en un acto comunicativo tiene que haber un "ponerse en los zapatos del otro" o de reconocerlo como parte importante del proceso relacional. Hoy por hoy se está más pendiente del zapato y no tanto de quien lo usa, por lo mismo podemos decir que nuestra empatía quedó guardada en el mismo cajón mental en el que pusimos esa mala foto del calzado que no nos gustó y, con ella, nuestras ganas de sentir qué dedo estrangula.


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