Abismo quimérico.

Siempre dormía con la luz de noche encendida. Se sentía segura al pensar que si caía en un sueño muy profundo esa estela sería la que la guiara nuevamente al mundo de los vivos, al mundo en el que los que caminan parecen muertos moviéndose por efecto del viento.

Cerraba los ojos abriendo un abismo en su alma, girando la puerta de su yo reprimido, de su identidad guardada. Creía que si alguien dormía a su lado soñaría sus miedos, las derrotas que la atormentaban y las heridas que aún eran lamidas por sus demonios internos. Por lo mismo siempre estaba sola, temía a enfrentarse con la vasta inmensidad de un ser humano y que éste también colisionara con la de ella, no sabiendo si saldrían airosos.

Se soñó cayendo a un oscuro pozo y, en su inconsciencia,  trataba de asimilar cómo vacíos tan grandes habitan en cuerpos tan pequeños. Era como si otra vida sucediera en un universo paralelo, en donde lo corpóreo no fuera necesario y sólo existieran las sensaciones que dan forma al alma, con el fin de trasladarla a ese escenario en el que caminan los muertos animados arrastrando sus grilletes invisibles.

Cuando sentía el vértigo del descenso más profundo, comenzaba a trepar para encontrar esa pequeña luz que titilaba calma al momento de abandonar el universo de su cama. Alzaba las manos y rasguñaba las rocas tratando de ver esa estrella artificial que adornaba esa taverna de sueños no cumplidos y la trasladaba al espacio en el que seguiría soñándolos despierta, en silencio, sola, sin remedio.

Gisse.

  

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