La cobija con olor a luna

Caminaba con las estrellas iluminando sus días y noches. Algunas veces sentía que el pavimento eran las pequeñas nubes que conducían al sueño que siempre buscaba, que anhelaba; mas no encontraba. En sus manos cargaba su casa, su vida y la de los que alguna vez conoció, sólo vagos recuerdos de papel celofán.

Algunas veces los chicles que otros botaban eran los tesoros que se adherían a su andar, haciendo más blanda la miseria que se colaba por los hoyos de sus gastados zapatos, llegando a vestirla y abrigarla de toda esperanza posible. Sin embargo, el brillo de los luceros que envolvían su cabeza se mantenía intacto, era como la flor sobre el basural más inmundo, la huella de barro en el piso limpio.

De noche, cuando la oscuridad le negaba la existencia, se sentía a salvo. No tenía la necesidad de cobijarse de nada, de esconderse. Sólo la luna le entregaba ese poder, la facultad de desprenderse de los deseos mundanos que, por ser de todos, ella hacía propios. Quizás esa era su forma de sentirse cerca de un mundo que la rechazaba o, de la misma forma, era su forma de conocer a los que le aislaban para nunca llegar a ser como ellos.

Se acostaba bajo ese manto, soñaba en colores, lo cual se adjudica a los limpios de alma. Era ésta el prisma que quebraba la malsana luz que los demás proyectaban en ella, desplegando las alas de esta libélula gastada, de esta diosa de barro que arrastra sus pasos sobre el cielo estrellado.

Gisse.

Foto: Kanye Stock 

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