Sin Sangre



En ese pueblo la sangre emanaba de los cultivos, del pasto e impregnaba el aire. Era difícil no sentirse ahogado cuando el oxígeno enrarecido y podrido subía por las fosas nasales, describiendo una nueva trayectoria en los ya enfermos pulmones.

Algo de virulento salía de los fetos enterrados, del dolor que cubría la tierra con la que habían sido sepultados. Criaturas tan pequeñas nunca han merecido morir, sobre todo porque dejan sin recambio un mundo en el que todo se transa, todo se abandona, todo se pudre.

Los árboles danzaban calmos al son del melodioso viento de primavera, pareciera que fueran los únicos que conservaran la pureza dentro de esa pequeña "Guernica", en la cual la muerte no se veía; más se respiraba, se incrustaba en los brazos, viajando por las venas un torrente de certera decadencia.

Por segunda vez al mes se disponía a dejar que el virus se metiera en el túnel de la aguja, pensaba que con su deceso pagaría la cuota que le correspondía por estar vivo. Qué extraña es la vida que se ve disculpada con la muerte, purgada y justificada.

Pensaba en sus hijos. Quién los cuidaría cuando ya no estuviera, cuando la maldad escondida en ese fino túnel fuera capaz de liberar todo su poder, convirtiendo cada célula de su cuerpo en un escupitajo de alquitrán y su carne en las partículas hediondas que pasarán a engrosar lo espeso del ambiente en este lugar.

Sólo los árboles parecían vivos ese invierno, perdieron sus hojas y la nieve cubría sus ramas. Sin embargo, aún purificaban la podredumbre que entraba en sus venas llenas de savia...Sí, en ese lugar se había escondido el sol, en ese lugar la sangre se había fundido con la tierra, transformando la muerte en célula principal de la vida... y él, ya danzaba con los árboles.

Gisse.

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