El silencio que soy.

Trataba de ver qué tanto podría arder su alma si la situaba tras una lupa. No era necesaria la existencia del sol, ya se había ido hace algún tiempo, borrando las calurosas tardes en las que se sentaba a pensar en eso que no tenía nombre, en eso que sin un apellido se tranformaba en los leones que devoraban la llama que en su calor se perdía.

Así transcurrían los días sin tiempo, envuelto en estrellas que en su negra cabellera se apagaban, tal cual cigarros vivos ahogando su rojo clamor en las sombras de un cenicero lleno de preguntas, de seres sin nombre, de lugares ausentes de paisajes, de música acompasada bajo el compás de los sin melodía. Vio que eso que quería encontrar estaba, más no tenía un clara existencia, sólo sabía que vivía; más no conocía su dirección fija.

Estaría en la lupa o en mi alma, se preguntaba mientras imaginaba a ese corazón en llamas, abrazado por los brazos de lo inimaginable, por ese ego sin ser que lo atormentaba, pero que también lo acunaba en sus brazos de anestesia. Miró a su alrededor, sí, se dijo al momento de inmolarse, ese soy yo.

Gisse.

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