sábado, 9 de febrero de 2013

T.I.M.E

Se sentó a mirar como todo pasaba frente a ella. Siempre se sintió más segura resguardada en la comodidad de su pose, con las manos perdidas en el abismo de su falda y las imágenes desfilando por su pupila dilatada. Sólo viendo, sólo sintiendo, sólo dejando...
Le agradaba sentir cómo el tiempo se escabullía entre las hebras de su pelo, causando estragos en el reloj de su cuerpo. Porque cada escena que veía significaba minutos que restaba a su existencia. Vivía y moría por otros.
Un buen día se casó de estar sólo mirando, de caminar por vidas ajenas y tropezarse en la de ella. Pensó que lo mejor sería tomar bandos, realizar acciones, correr, respirar, vivir. Comenzó con pequeñas cosas, sintiendo satisfacción inmediata, sensación de tarea cumplida y vitalidad recuperada.
El poder subió por sus venas y se supo creadora de su propio presente, haciendo con eso mella en el pasado y en el futuro. Vivió algrerías, lloró tristezas y cayó en desesperaciones, pero nada la detenía.
Hasta que un día se cansó...tomó un atajo a su pose inicial, se sentó abriendo sus grandes ojos y acariciando su regazo. Todo pasaba mientras ella quedaba y en sus pestañas se enlazaban los minutos que que la vida le iba descontando. Estaba comodamente atontada....

Gisse.

Fotografía:
Ansel Adams.
Road Nevada Desert- 1960.


viernes, 16 de noviembre de 2012

Abismo quimérico.

Siempre dormía con la luz de noche encendida. Se sentía segura al pensar que si caía en un sueño muy profundo esa estela sería la que la guiara nuevamente al mundo de los vivos, al mundo en el que los que caminan parecen muertos moviéndose por efecto del viento.

Cerraba los ojos abriendo un abismo en su alma, girando la puerta de su yo reprimido, de su identidad guardada. Creía que si alguien dormía a su lado soñaría sus miedos, las derrotas que la atormentaban y las heridas que aún eran lamidas por sus demonios internos. Por lo mismo siempre estaba sola, temía a enfrentarse con la vasta inmensidad de un ser humano y que éste también colisionara con la de ella, no sabiendo si saldrían airosos.

Se soñó cayendo a un oscuro pozo y, en su inconsciencia,  trataba de asimilar cómo vacíos tan grandes habitan en cuerpos tan pequeños. Era como si otra vida sucediera en un universo paralelo, en donde lo corpóreo no fuera necesario y sólo existieran las sensaciones que dan forma al alma, con el fin de trasladarla a ese escenario en el que caminan los muertos animados arrastrando sus grilletes invisibles.

Cuando sentía el vértigo del descenso más profundo, comenzaba a trepar para encontrar esa pequeña luz que titilaba calma al momento de abandonar el universo de su cama. Alzaba las manos y rasguñaba las rocas tratando de ver esa estrella artificial que adornaba esa taverna de sueños no cumplidos y la trasladaba al espacio en el que seguiría soñándolos despierta, en silencio, sola, sin remedio.

Gisse.

  

viernes, 5 de octubre de 2012

Happiness...

Sólo sintió un puñetazo en su estómago. No supo si la aquejó el dolor, todo fue tan rápido, como un soplo caliente sobre sus entrañas.
Siempre supo que la felicidad no era necesariamente gozosa, sino que un espiral doloroso al que se descendía más profundo en la medida de cuánto de ella conquistaras. De momento iba a mitad de camino, tranquila, asumida, pues la tristeza que había sentido toda su vida se cambiaba a un dolor distinto a una escalera más iluminada, pero igual de misteriosa. Se movía con un arma en sus manos, de momento no la quemaba...
Brotes de colores comenzaban a salir de su cabello, iba floreciendo a medida que cruzaba puertas y estaciones dentro es esa dimensión oculta en donde los pies no eran necesarios para caminar. Todo era placentero, salvo la sensación de ardor en sus manos, de picazón incontrolable en los dedos.
Pasaba por lugares en donde la nieve era encarnada por pétalos de cerezos volando en círculos, formando pájaros de papel de alto vuelo, los que salían disparados al cielo al verse encandilados por la pólvora que iluminaba las pecas de sus manos.
Sabía que todo esto debía terminar en algún momento. Todo camino tiene algún final, de qué manera, era lo que no conocía. Se sentía tan plena y fue esa plenitud la que la hizo caer tanto que el camino comenzó a hacerse más pesado, el aire más contaminante, las hojas más pesadas. Esas aves formadas de blancos pétalos se transformaron en alimañas negras que olían sangre y la transportaban, podrida, en las plumas de sus alas.
Volvió a necesitar sus pies para caminar y las afiladas piedras cortaban sus plantas, como si quisieran entrar en su cuerpo para transformarla en una de ellas. Sabía que estaba llegando al final, la pólvora se materializó y esa arma que quemaba comenzó a tentarla.
Sus pecas se hacían oscuras, las flores en su cabello eran lazos que la ahogaban...cómo ardían su manos!!! sus dedos encontraron el camino perfecto de salida. BANG!!! todo terminó.

GISSE.

miércoles, 3 de octubre de 2012

PRISMA.


Ya no soportaba esta guerra. Las flores de su vestido se enredaban en las líneas de su corbata, su pintura de labios sellaba la inseguridad de su hombría. No sabía hasta dónde llegaría este sentimiento de odio que albergaba para con su esposa, pero si algo estaba claro es que, tarde o temprano, uno de los dos ganaría la estadía en este mundo.

Se miraban todas las noches en el espejo, haciendo zancadillas mentales a sus respectivos reflejos. Maquinando qué forma sería la más certera para acabar con el otro, para borrarlo del mapa y conquistar la paz individual fragmentada en un hogar múltiple, en el que la luz se quebraba y constituía el caleidoscopio de las sombras.
Los vecinos nunca los veían juntos, pero sabían que estaban casados. Es verdad que las parejas se mimetizan, pero ellos eran de un parecido sorprendente, por lo que muchos rumores comenzaron a crecer en esa pequeña aldea. Sin embargo, y como los rumores viajan más rápido que el viento, de la misma forma en la que nacen se esfuman tomando lugar en el humo del tren más cercano.
En la cena no conversaban mucho, es difícil hablar cuando lo que ves de esa persona es sólo una imagen mental inerte, un espejismo sin alma. Cada uno miraba su respectivo plato y hacía rechinar los cubiertos en la loza haciendo entrar en pánico al otro...sus pies nunca se rozaban, por más cerca que estuvieran.
Esta lucha interna por la sobre vivencia estaba llevando al límite los cuerpos de ambos, las flores comenzaban a deshojar sobre el césped, los días se hacían más largos, la luz era más cegadora, el rechinar de los platos causaba un eco más perturbador...ESTO DEBÍA TERMINAR.
En una sola silla estaban sentados los dos. Espalda con espalda sostenían la respiración del otro, pensando quién se asfixiará antes, él se saca los zapatos, ella rasguña con fuerza la tela azul de su vestido. Caen dos horcas del techo y no saben quién se colgará primero.
"Cuál de los dos dará el último paso?"
"No lo sé" contestó ella.
"Ya estoy cansado ¿podrías vivir sin mí?"
"Sí, la personalidad masculina nunca ha ido conmigo. Además, me gustan más mis vestidos floreados que tus corbatas a rayas". Dijo ella antes de oír el crujir de la soga.

GISSE.

jueves, 14 de julio de 2011

La cobija con olor a luna

Caminaba con las estrellas iluminando sus días y noches. Algunas veces sentía que el pavimento eran las pequeñas nubes que conducían al sueño que siempre buscaba, que anhelaba; mas no encontraba. En sus manos cargaba su casa, su vida y la de los que alguna vez conoció, sólo vagos recuerdos de papel celofán.

Algunas veces los chicles que otros botaban eran los tesoros que se adherían a su andar, haciendo más blanda la miseria que se colaba por los hoyos de sus gastados zapatos, llegando a vestirla y abrigarla de toda esperanza posible. Sin embargo, el brillo de los luceros que envolvían su cabeza se mantenía intacto, era como la flor sobre el basural más inmundo, la huella de barro en el piso limpio.

De noche, cuando la oscuridad le negaba la existencia, se sentía a salvo. No tenía la necesidad de cobijarse de nada, de esconderse. Sólo la luna le entregaba ese poder, la facultad de desprenderse de los deseos mundanos que, por ser de todos, ella hacía propios. Quizás esa era su forma de sentirse cerca de un mundo que la rechazaba o, de la misma forma, era su forma de conocer a los que le aislaban para nunca llegar a ser como ellos.

Se acostaba bajo ese manto, soñaba en colores, lo cual se adjudica a los limpios de alma. Era ésta el prisma que quebraba la malsana luz que los demás proyectaban en ella, desplegando las alas de esta libélula gastada, de esta diosa de barro que arrastra sus pasos sobre el cielo estrellado.

Gisse.

FOTO DE KANYE STOCK (Deviant Art)

domingo, 26 de diciembre de 2010

Sin Sangre



En ese pueblo la sangre emanaba de los cultivos, del pasto e impregnaba el aire. Era difícil no sentirse ahogado cuando el oxígeno enrarecido y podrido subía por las fosas nasales, describiendo una nueva trayectoria en los ya enfermos pulmones.

Algo de virulento salía de los fetos enterrados, del dolor que cubría la tierra con la que habían sido sepultados. Criaturas tan pequeñas nunca han merecido morir, sobre todo porque dejan sin recambio un mundo en el que todo se transa, todo se abandona, todo se pudre.

Los árboles danzaban calmos al son del melodioso viento de primavera, pareciera que fueran los únicos que conservaran la pureza dentro de esa pequeña "Guernica", en la cual la muerte no se veía; más se respiraba, se incrustaba en los brazos, viajando por las venas un torrente de certera decadencia.

Por segunda vez al mes se disponía a dejar que el virus se metiera en el túnel de la aguja, pensaba que con su deceso pagaría la cuota que le correspondía por estar vivo. Qué extraña es la vida que se ve disculpada con la muerte, purgada y justificada.

Pensaba en sus hijos. Quién los cuidaría cuando ya no estuviera, cuando la maldad escondida en ese fino túnel fuera capaz de liberar todo su poder, convirtiendo cada célula de su cuerpo en un escupitajo de alquitrán y su carne en las partículas hediondas que pasarán a engrosar lo espeso del ambiente en este lugar.

Sólo los árboles parecían vivos ese invierno, perdieron sus hojas y la nieve cubría sus ramas. Sin embargo, aún purificaban la podredumbre que entraba en sus venas llenas de savia...Sí, en ese lugar se había escondido el sol, en ese lugar la sangre se había fundido con la tierra, transformando la muerte en célula principal de la vida... y él, ya danzaba con los árboles.

Gisse.

viernes, 1 de enero de 2010

El amuleto estrangulante


Creía en el poder de los amuletos, según él, tenían el poder de hacer favorable el azar. No sabía si lo que acababa de vivir era producto de una casualidad o a la capacidad de acción del amuleto que llevaba sagradamente en uno de sus bolsillos, éste se había convertido casi en una extensión de su propia piel, tanto que era casi imposible que lo olvidara.

El amuleto se enroscaba en su mano cada vez que la depositaba en el pequeño saquillo que engalanaba la parte izquierda de su abrigo. Se aferraba a sus dedos, casi deteniendo la circulación de su sangre, alguna vez pensó que aquel talismán tenía vida propia; algunas otras oía una pequeña voz que le hablaba. Sí, se dijo, esta serpiente blanca será la que ponga en azar de mi lado, qué es la suerte sino algo que manejamos a voluntad.

No le gustaba pertenecer a la raza humana, sentía inquina para con los de su género. Sin embargo, la mayoría de las veces, anteponía su condición a cualquier cosa que pudiera pensarse como más poderosa. Si los humanos no podemos hacer todo, para qué nos dieron esta naturaleza, para qué las manos, para qué la mente...para qué los amuletos.

Algunos momentos, sentía que se hacía invisible. A medida que la frialdad de la piel de aquella serpiente blanca se fundía con el calor de la suya, haciendo más claros sus propósitos, más certeros sus pensamientos. Decía que el calor aniquilaba y atontaba a la naturaleza humana, haciendola dormir sobre laureles quebrados, pero que aún mantenían su aroma fresco, con el fin de hacerlos creer que todo estaba bien hecho.

Sí, son aquellos laureles los que se transforman en el opio que paraliza al mundo, en la comodidad que carcome el poder con el que han nacido y que puede hacer que el azar ya no sea cosa de suerte, sino que la realidad en la que viven sus vidas. Sólo él y su amuleto en el bolsillo, caminaba sin descanso, sólo él y sus repudios, sus descargos...sólo él y la serpiente blanca que entumeció la mordida que le propinó en el dedo, esparciendo el veneno por el cuerpo de este hombre de azar.