domingo, 26 de diciembre de 2010

Sin Sangre



En ese pueblo la sangre emanaba de los cultivos, del pasto e impregnaba el aire. Era difícil no sentirse ahogado cuando el oxígeno enrarecido y podrido subía por las fosas nasales, describiendo una nueva trayectoria en los ya enfermos pulmones.

Algo de virulento salía de los fetos enterrados, del dolor que cubría la tierra con la que habían sido sepultados. Criaturas tan pequeñas nunca han merecido morir, sobre todo porque dejan sin recambio un mundo en el que todo se transa, todo se abandona, todo se pudre.

Los árboles danzaban calmos al son del melodioso viento de primavera, pareciera que fueran los únicos que conservaran la pureza dentro de esa pequeña "Guernica", en la cual la muerte no se veía; más se respiraba, se incrustaba en los brazos, viajando por las venas un torrente de certera decadencia.

Por segunda vez al mes se disponía a dejar que el virus se metiera en el túnel de la aguja, pensaba que con su deceso pagaría la cuota que le correspondía por estar vivo. Qué extraña es la vida que se ve disculpada con la muerte, purgada y justificada.

Pensaba en sus hijos. Quién los cuidaría cuando ya no estuviera, cuando la maldad escondida en ese fino túnel fuera capaz de liberar todo su poder, convirtiendo cada célula de su cuerpo en un escupitajo de alquitrán y su carne en las partículas hediondas que pasarán a engrosar lo espeso del ambiente en este lugar.

Sólo los árboles parecían vivos ese invierno, perdieron sus hojas y la nieve cubría sus ramas. Sin embargo, aún purificaban la podredumbre que entraba en sus venas llenas de savia...Sí, en ese lugar se había escondido el sol, en ese lugar la sangre se había fundido con la tierra, transformando la muerte en célula principal de la vida... y él, ya danzaba con los árboles.

Gisse.

viernes, 1 de enero de 2010

El amuleto estrangulante


Creía en el poder de los amuletos, según él, tenían el poder de hacer favorable el azar. No sabía si lo que acababa de vivir era producto de una casualidad o a la capacidad de acción del amuleto que llevaba sagradamente en uno de sus bolsillos, éste se había convertido casi en una extensión de su propia piel, tanto que era casi imposible que lo olvidara.

El amuleto se enroscaba en su mano cada vez que la depositaba en el pequeño saquillo que engalanaba la parte izquierda de su abrigo. Se aferraba a sus dedos, casi deteniendo la circulación de su sangre, alguna vez pensó que aquel talismán tenía vida propia; algunas otras oía una pequeña voz que le hablaba. Sí, se dijo, esta serpiente blanca será la que ponga en azar de mi lado, qué es la suerte sino algo que manejamos a voluntad.

No le gustaba pertenecer a la raza humana, sentía inquina para con los de su género. Sin embargo, la mayoría de las veces, anteponía su condición a cualquier cosa que pudiera pensarse como más poderosa. Si los humanos no podemos hacer todo, para qué nos dieron esta naturaleza, para qué las manos, para qué la mente...para qué los amuletos.

Algunos momentos, sentía que se hacía invisible. A medida que la frialdad de la piel de aquella serpiente blanca se fundía con el calor de la suya, haciendo más claros sus propósitos, más certeros sus pensamientos. Decía que el calor aniquilaba y atontaba a la naturaleza humana, haciendola dormir sobre laureles quebrados, pero que aún mantenían su aroma fresco, con el fin de hacerlos creer que todo estaba bien hecho.

Sí, son aquellos laureles los que se transforman en el opio que paraliza al mundo, en la comodidad que carcome el poder con el que han nacido y que puede hacer que el azar ya no sea cosa de suerte, sino que la realidad en la que viven sus vidas. Sólo él y su amuleto en el bolsillo, caminaba sin descanso, sólo él y sus repudios, sus descargos...sólo él y la serpiente blanca que entumeció la mordida que le propinó en el dedo, esparciendo el veneno por el cuerpo de este hombre de azar.