sábado, 5 de julio de 2008

CAMBALACHE.


Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé,
en el quinientos seis y en el dos mil también;
que siempre ha habido chorros,
maquiávelos y estafáos,
contentos y amargaos, valores y dublé.
Pero que el siglo veinte es un despliegue
de maldá insolente ya no hay quien lo niegue,
vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo todos manoseaos.

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador.
¡Todo es igual, nada es mejor,
lo mismo un burro que un gran profesor!
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao...
Si uno vive en la impostura
y otro afana en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón.

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!
Mezclaos con Stavisky van don Bosco y la Mignon,
don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín.
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia contra un calefón.

Siglo veinte, cambalache, problemático y febril,
el que no llora no mama y el que no afana es un gil.
¡Dale nomás, dale que va,
que allá en el horno te vamo a encontrar!
¡No pienses más, tirate a un lao,
que a nadie importa si naciste honrao!
Si es lo mismo el que labura
noche y día como un buey
que el que vive de las minas,
que el que mata o el que cura
o está fuera de la ley.


El tango me hace recordar tanto a mi abuelo... de hecho éste es el primero que me aprendí cuando era muy niña y luego, a medida que crecí, me percaté del temón que es.
Tata esta va para tí, donde quiera que estés!!!

La música para mí...


He tratado de conjeturar acerca de cuáles son las cosas que me sacan de la edad que tengo, con el fin de transportarme a un lugar de histéria juvenil, de locura servida en vasos gigantes y sin hielo de atenuante. Me he detenido a pensar sobre qué es lo para mí detiene los años, transformandolos sólo en pequeñas pozas que he saltado en algún día de lluvia.

Una de las cosas que para mí detiene el tiempo y me retrocede es la música. Creo firmemente que las grandes cosas que he aprendido no han tenido lugar en la sala de clases o en un aula de universidad, sino que han sido mediante ésta. Es por la música cómo he encontrado pensamientos tan o más transgresores que los míos, he vivido vidas y situaciones que nunca me han pertenecido, he conocido amigos tan valiosos, quienes me han dejado compartir momentos del escenario en el cual les tocó actuar.

Por la música me he transfigurado y transportado, cruzado el puente que une mi yo físico con el que habita en otra dimensión. Con el que tiene la cabeza en el suelo y los pies en las nubes...es ella la que me vuelve una quinceañera revolucionaria y aguerrida, la cual está consciente de lo que quiere y lo grita a través de voces ajenas, de fantasías que a otros enajenan.

Por este efecto rejuvenecedor que se da en sociedades hedonistas y poco respetadoras de la experiencia que se gana con los años, en donde ya eres viejo a los 30 y los avisos de la tv te hacen pensar que cuando el cuerpo se aja, también lo hace tu alma y tu intelecto...es en este contexto en donde la música- al menos para mí- se me hace imprescindible, ya que por ella vuelvo a vestir uniforme y fumar escondida de mis viejos, vuelvo a conectarme con los ideales que alguna vez tuve, pero que ya he olvidado y, lo más importante, me hace sentir libre, al concederme el espacio, para volver a mis mejores años.

Gisselle.